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Categoría: Citas

Osvaldo Lamborghini, por Laura Estrín

Laura Estrín da vuelta el guante de una efeméride dantesca para rumiar a Osvaldo Lamborghini y algunas lecturas sobre. Subrayados felices a montones:

Hay muchas maneras de estar vivo pero hay muchas más de estar muerto.

La singularidad de Osvaldo Lamborghini puede comenzar a verse en que volvió inútil toda la teoría literaria del siglo XX, le pasó el trapo, la atravesó.

Una obra que desespera fue como entendí hace tiempo algunas de las prosas de Lamborghini, una obra poemática –si sigo la afirmación de Néstor Sánchez.

…en la tradición de lectura argentina se sucedieron con igual predicado la generación de los “comprometidos” continuada en los “posmodernos” y una y otra vez en los “malditos”. Vanguardistas profesionales todos ellos, voluntad enceguecedora -como bien vio Nicolás Rosa y enceguecer es tapar la censura ejercida, desplazar. Trama donde Osvaldo Lamborghini está excluido porque éste pertenece a la literatura que desencadena verdaderos sacudones que vienen de Macedonio y Gombrowicz, llegan a él y luego pueden pasar por Hugo Savino, Milita Molina y Pablo Chacón. Por ejemplo y de diversísima manera.

Digo siempre que Aira interrumpió con su singular catástrofe alegre la tradición letrada y muy seria que triunfó en nuestras letras contemporáneas, pero fue Osvaldo Lamborghini el que venía andando con la tragedia –sus frases como silbidos de un vago llegan al corazón del sentido argentino, como cuando se pregunta si será posible vivir la vida que nos toca pero también la que queremos o directamente –escribe- por qué no pensar que la vida es imposible.

…entre catástrofe argentina, desatino de lectores y brillante amasado de lecturas, Osvaldo Lamborghini escribe un valioso crack up nacional. Quiero decir, la tragedia del sentido argentino.

…a ese guiso-concomitancia trágica es a la que nos devuelve Osvaldo Lamborghini cuando se pregunta por qué a veces solo se puede elegir entre “el Museo, siempre irrisorio en estas latitudes” o si “es preferible el universo concentracionario de los comentaristas sabios”. Es decir, se sabe apretado entre canon-museo y canon-crítico, dos formas de la muerte literaria. Lamborghini sabe que se excluye al que cambia de nivel, al que mezcla, al que no respeta límites genéricos, esas expectativas facilongas.

Osvaldo Lamborghini produce obras-efectos en la literatura argentina pero no todos los que se quieren en su estela lo están. Corren a él los organizados y disciplinados discípulos del mercado-espectáculo extendido, los que arman violencia y ficción vana mientras que Lamborghini sigue desafiándonos en su literalidad: “Hay que permanecer siempre a nivel del alfabeto” -dice. Lamborghini arrastró sus propias heridas, existenciales y literarias, bestias sabias que vuelven del futuro. Obsesiones que traspuso en la simultaneidad de extremos, en la conjunción de todas las figuras retóricas juntas y de perfectas retranscripciones, que quizá sea la única posibilidad de asir lo real, lo que llamo tragedia. Lamborghini, cercano a Libertella en el “yo, lector, me divierto”, aunque tan distinto porque Lamborghini, tampoco ajeno a su generación –como él puso alguna vez-, nos confundió siempre: fue un tipo que registraba su presente y si en las primeras ediciones al cuidado de Aira tenía formas más definidas (cuentos, novelas), los últimos libros nos mostraron la totalidad de un fragmento que subraya su propia definición de autor de un solo Texto. Un obra que entendemos más allá del jueguito teórico y temático y sexual. Como Libertella, otra vez, digo que si jugó, jugó solo con la vida y con su propia patografía.

Lamborghini no escribe más que sobre la vida y la vida es trágica, es decir, la vida es concomitante y así Lamborghini extrema los mitos llevándolos a la exasperación y el ridículo.

Osvaldo Lamborghini reescribe su obra, repite, repica y replica sus frases (“ya ya ya quien no se aburre rebuzna”) y cita y reforma y enrosca y se burla de sí y del lector (así escribe: “Pobres citas, pobrecitas” o “Es Tul, tissio”). Osvaldo Lamborghini enrula su obra sin parangón y así es trágico. Osvaldo Lamborghini va mucho más lejos que el repasar poéticas propias e impropias, va más lejos que la suma de puestas en abismos que podemos prever o entender.

Lamborghini canta, reza, inscribe una escritura orante y perorante que él mismo propone como “Literaturgia” al decir cosas como “y quien no ore no hable”, una oratoria trágica y lírica -repito. “Liturgia o drama” –dice Gabriela Borrelli en el posfacio a los últimos inéditos.

Textos cercanos a 1985 que son anticipatorios destilados de saber el estado literario futuro –nuestro presente- cuando escribe: “la arena es triste” y “está de moda escribir poemas” o más extensamente afirma: “locuciones mogólicas por el estilo de ´nos brinda´” (hoy diríamos “nos nutre”).

Su obra está hecha de ruinas terribles, desesperadas, enloquecidas, “prosa timada” -pero que es un continuar, un seguir, y “no podía por… por… una vez no… fracasar” -escribe. Una obra silabeante, local, lingüística. Literal, no hermética, o digamos: de tan literal, hermético.

Osvaldo Lamborghini es un bastión de nuestra literatura porque la sabe y sabe que “De la vida: saber otra cosa que el saber que la condena…”. La vida, la muerte y la obra así se cruzan y anudan sin solución de continuidad, sin tope, más bien a lo loco

Entonces son sus libros los que sí ven un Purgatorio y un Infierno literario argentino porque incluyen visiones críticas como: “A Dios se le ha dado por el bad writting, por cierta estupidez cierta, criminal –pero el campo del inconsciente sigue abierto (no cerrado; como culo de muñeco)- y el tiempo del texto es el único tiempo de la vida, y el único vivible.” Lamborghini vio el Purgatorio del estado literario cuando apunta: “Ahora odian la vanguardia. Quieren que Siga habiendo his…historias, Historia. Hasta se conforman con un ´quento´ de Enoch Soames. Ajá: aja. Nadie es B., probeta en su tierra (…). El deje-nerado, el desesperado, el que-sufre sin cuento”.

Entonces ¿qué se le reprocha y qué se le celebra a Osvaldo Lamborghini? Hugo Savino una vez me escribió que se le reprochan “muchas cosas, pero la mayor es que O.L. haya bajado al Infierno y haya salido de ahí. Y que haya salido con el triunfo que se desprende de la obra. Eso es lo insoportable”. Entonces ¿quién se enoja y quién se anima con Osvaldo Lamborghini? Germán García dio un testimonio complejo, valiente, un simultáneo de literatura y amistad, envidia y reproche, es decir, pudo dar cuenta de la guerra literaria. Por esto veo que el feliz Purgatorio, el estado paralítico de nuestras letras -tal como entendió Néstor Sánchez, en un momento Lamborghini habló de “los aldeanos descerebrados por la escritura”- le reprocha que de su obra se desprenda un triunfo que está lejos de cualquier respetabilidad. Respetabilidad construida a partir de sometimientos, compromisos y reputaciones propias del mercadeo consagratorio. Osvaldo Lamborghini ha dicho claro: “Yo no hice una obra, hice / Una experiencia, experience (…) Yo quería escribir / y bien / no escribí / me dejé llevar por estupores, por / ´anotar en los márgenes´, por coleccionar / miserables cuadernitos de apuntes, para… / Mañana…”

Y si intentara definir lo que aquí propongo diría que separé y cité lecturas que deslindan a Osvaldo Lamborghini infinito, trágico y futuro de las operaciones míticas, quiero decir, de esa canonización que cita, memora y casi no lee. La que ajusta lugares para que los muertos queden en sus cajones. Se trata de dos políticas de lectura diferentes que hacen evidente que solo al Lamborghini mitologizado es al que puede pensárselo penando en el Purgatorio o celebrando en el Cielo, es lo mismo.

Osvaldo Lamborghini es autor de una obra genial, de versos con sentido y música inaudita, pero no es el artista-total que se quiere hoy componer y curar incluyendo un material gráfico, masa que no llega a pastel artístico –como dijo el polaco de algunas tramoyas no literarias. Frente a ellas, su obra se alza con una “honestidad irremediable” –como llamó Néstor Sánchez a esa mueca sin perdón de sus frases porque pocos la alcanzan. Sainetes que terminan en velorios –dice Thonis, dramática que afectó nuestra literatura, trastocó la lengua literaria y nos la dejó sin retorno. OL escenificó y describió la horda nacional -como la llamaba Nicolás Rosa. Simultaneidad de extremos y de opuestos, siempre una violencia fundadora -como entendió Freud- siempre una guerra en la literatura –como en la nuestra puso Arlt -según Carlos Correas.

Osvaldo Lamborghini / Laura Estrin

 

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Los Lamborghini, proto-típicos

Si lo que caracteriza a los escritores “típicos” es la “obediencia a determinados códigos semióticos preestablecidos”, seguramente los autores cuyas obras analizaremos no son tales; sin embargo, si ser típico también implica haber logrado consagración o erigirse en un “representante” de algo no estrictamente literario (una época, una clase, una persona, un discurso), la cuestión ya es más compleja: no podríamos decir que se trató de escritores típicos en su tiempo, pero a lo mejor deberíamos admitir que se han vuelto típicos en nuestros días. Serían algo así como escritores “proto-típicos”, ya que su tipicidad no es la propia de su época sino más bien la de tiempos por venir. En algún sentido, los ensayos que componen la segunda sección van destinados a establecer en qué medida la contemporaneidad de estos autores está más ligada a ciertas nociones y filosofías que han adquirido difusión en este fin de siglo. Sin embargo, no puede escapársenes el hecho de que esta producción data de otros tiempos. No es lo mismo escribir de cierta manera ahora que hace treinta años. Quién sabe cómo escribiría Osvaldo Lamborghini (incluso notamos en su prosa un lenguaje crecientemente articulado, menos encriptado y aun –en Tadeys– una voluntad por pasar de la novela corta a la novela, algo así como un intento por abandonar esa escritura “de corto aliento” que algunos no han sabido valorar).

Respecto de Leónidas Lamborghini, una pequeña charla de café es suficiente para dejar en claro que no resulta muy afecto a las modas intelectuales, particularmente a las de nuestro tiempo.Así que este carácter proto-típico no les restaría cierta atipicidad siempre renovada.

Carlos Belvedere, Los Lamborghini. Ni “atípicos” ni “excéntricos” (Colihue, 2000, pp. 11-12)

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Forn, por Saccomano

Hace un par de años mi compañera me arrastró de urgencia, descoyuntado, a una clínica. Con el suero conectado, me resultaba graciosa la situación y te llamé. Atendiste: estabas también internado, también de urgencia, en Mar del Plata. Los dos, cada uno en su camilla, a cuatrocientos kilómetros uno del otro, más cerca que nunca, hablamos una vez más de libros. De Chejov, que era médico, hablamos. Y de William Carlos Williams, que también. Incurables. Corresponde aclararlo: no se nos veía tan mal. Seguiste nadando, caminábamos la playa todo el tiempo. Y nos jactábamos de nuestra apariencia saludable.

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Inventar un paisaje / Lo que sucede

Hubo que inventar un paisaje, aunque quedó la costumbre de pensar que todo puede ser inventado, a contrapelo de los hechos, y no en el arte sino allí donde el arte se destruye. Se inventa felicidad donde solo hay amargura, un sol donde solo hay derrumbes, una foto dichosa para ocultar las casas bajo el agua. Lo que ocurre nunca sucede.

Hasta que nos sucede, con solo levantar la vista.

Solo hay un paisaje, y es el horizonte. Vivamos con eso.

Horacio Fiebelkorn, Cerrá cuando te vayas (Club Hem, 2016)

 

Que el poema no nace, es hecho. Opera atque artificia, producto del escribir y del arte. En ese acto, vagamente recordar cómo alguna vez el distingo entre artista y artesano no existió. Quizás tal hace sea ilusorio, jactancia; lo literario atribuyéndose la creación de algo, poema, cuando lo que en realidad ocurre es que el poema “sucede”. No pasaría nuestro trabajo de ser más que una tenaz invocación: tocar tambores para que llueva.

Alberto Girri, en “El motivo es el poema”, 1989/1990 (1990)

 

Girri no se propone reemplazar la realidad cotidiana por otra hecha de consorcios insólitos y relaciones nuevas […] su elección consiste en no escamotear el mundo mediante un embellecimiento enmascarador ni en reemplazarlo por las imágenes de la poesía. Desde el comienzo se resigna a la misión de denunciar un mundo hecho de contrarios, tenazmente inconciliables, y un lenguaje que siente enviciado por los residuos de tantos intentos de reconciliación frustrados”.

Enrique Pezzoni, prólogo a Antología temática, de Alberto Girri (Sudamericana, 1969) (citado por Horacio Castillo)

 

Esa lectura fue de entrada una pesadilla, porque leía a Carroll siguiendo a Leónidas y rebotando en Joyce y siguiendo a Leónidas otra vez y así. Eso hacen los escritores como Leónidas: nos inventan un paisaje desconocido. La lectura de la Alicia de Carroll pasada por Joyce y por Leónidas es una pesadilla particular de libro endemoniado en que manda el sonido. La Alicia que leía siguiendo a Leónidas no era sólo un escándalo lógico o filosófico como lo fue por ejemplo para Borges o para Deleuze, sino un escándalo de la pesadilla del lenguaje. Y en esa pesadilla Cronos va ahí en su linealidad inexorable como el tic tac del reloj pero de pronto: siempre será de pronto como una Alicia sigue al conejo. Arde, arde, es un de pronto, es un giro, una voltereta, un “bailemos Gitona” enloqueciendo a Dios. Son los poetas que más tiempo arriman los poetas del instante, se llevan todo con ellos ahí al instante, se llevan la pesadilla histórica arrastrada en una palabra como descolocado o en una vocal de la carroña que quedó pegada al esqueleto.

Un escritor hace eso, hace: no dice, hace eso de inventar un paisaje, y Leónidas me inventó otra Alicia aún antes de leer su Alicia y esa Alicia de Carroll ya era la de Leónidas. Y a esa invención la llamé Esto no es una conversación.

Milita Molina, “Leónidas Lamborghini: Siguiendo al conejo”

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Literatura y resonancia / La escritura es un estado permanente de pregunta

La literatura tiene que ver con la ideología sólo en lo general, jamás en sus instrumentaciones parciales. La narrativa y la poesía tienen una esencia única: el ritmo de una lengua. Eso es lo único que cuenta: tener voz propia. El fenómeno que nutre a la literatura es la resonancia, no la comunicación, como pretenden casi todos los críticos. Sé que me dirijo a un lector difícil. No hay muchos así, que simpaticen por resonancia. Se trata necesariamente de un lector entrenado… Pero presiento que habrá una reacción que revierta la tendencia actual, que pretende sólo entretener y confirmar esquemas. La verdadera escritura es un estado permanente de pregunta. Me asusta la presión de cierto tipo de lectores, producto de esta misma tendencia: sólo quieren lo que no los contradice en nada…

“Néstor Sánchez: Para ser lumpen hay que tener conducta”. Conversación con José Salinas (Cerdos & Peces nº 12, Mayo de 1987; disponible acá)

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